Seguramente todos recordamos cuando en nuestra infancia solíamos dibujar una casa: la gran mayoría de nosotros seguíamos el esquema universal que todo niño identifica con «casa»: un rectángulo, que era algo así como una cara, donde los ojos eran las ventanas, la boca era la puerta, y la parte superior se remataba con un triángulo, el tejado, donde solía aparecer una chimenea humeante. Este esquema simbolizaba el hogar, algo vivo, habitado, cálido, y de apariencia casi humana. Se solía acompañar de un árbol siempre verde, incluso montañas, sol y nubes. En el suelo, a veces flores, y un camino serpenteante que conducía a la puerta de entrada. Puede que alguno de estos ingredientes no apareciera en el dibujo, pero lo que nunca, nunca falta en nuestro esquema mental de casa es la ventana. Ningún niño concibe una casa sin ventana. Las ventanas son los ojos al mundo exterior, la conexión del habitante con ese entorno que da sentido al refugio: el cielo, el árbol, la montaña. A través de ellas el paisaje entra en el hogar, participa de él, captando el aire fresco, el sol, la luz y la vida.

Si nos fijamos bien, cualquier espacio, por sencillo que sea, se transforma en acogedor si tiene una gran ventana llena de sol. No es necesario que las vistas sean a un bello paisaje, es en realidad la luz lo que nos da idea de ventana, aún cuando a través de ella veamos el edificio de enfrente, siempre podremos asomarnos y ver pasar una nube, siempre veremos el sol, la luna, o alguna estrella, siempre entrarán el aire, los sonidos de la calle y la luz del día.

A la hora de crear o distribuir nuestros espacios debemos tener muy en cuenta la importancia de la situación de las ventanas, de forma que las zonas más importantes de la casa queden iluminadas de forma natural, y además de conseguir objetivos de eficiencia energética con una buena carpintería, doble acristalamiento o elementos de control solar, tengamos muy en cuenta la distribución y orientación de los muebles con respecto a la luz y las vistas.

Un sofá o sillón, por ejemplo, no debería quedar de espaldas a una ventana de la que podamos disfrutar mientras estemos sentados en él. Una mesa de trabajo o de comedor siempre debería estar cerca de una zona con suficiente luz natural. Sería interesante además conseguir un espacio adyacente al hueco de ventana al que adosar un mueble bajo o asiento donde, por ejemplo, colocar unas plantas y unas almohadas para sentarnos o tumbarnos a leer o a disfrutar de las vistas, o tomar el aire y el sol con la ventana abierta.

 

           

Este es un recurso muchas veces utilizado en arquitectura a la hora de diseñar ventanas a baja altura, con carpinterías a haces exteriores para que el hueco en el muro tenga profundidad en el interior, y diseñar un asiento prolongando el plano inferior. Esto se hacía ya en la Edad Media aprovechando el gran espesor de los muros de piedra, concibiendo los huecos como miradores y no como meras entradas de luz. La ventana puede ser concebida como lugar donde estar, mirar y evadirnos, un lugar con vida, con ojos y con alma.